Dolor de espalda: ¿realmente necesito una resonancia magnética?
Cuándo es útil una resonancia, por qué no siempre es necesaria y qué significan realmente los hallazgos que aparecen en las imágenes
Cuando aparece un dolor de espalda, es normal querer saber “qué tengo”. Y muchas personas piensan que una resonancia magnética (RM) es la mejor manera de obtener una respuesta clara.
Sin embargo, en la gran mayoría de los episodios de dolor lumbar, hacer una resonancia magnética desde el principio no es necesario ni mejora la recuperación.
Esto no significa que el dolor no sea real ni que no haya que intentar comprenderlo. Significa simplemente que una imagen de la columna vertebral no siempre permite explicar por qué una persona siente dolor.
Por este motivo, las principales recomendaciones clínicas aconsejan empezar por una buena valoración clínica: escuchar la historia del paciente, analizar cómo empezó y cómo evoluciona el dolor, realizar una exploración física y neurológica cuando sea necesario y descartar posibles señales de alarma.
La resonancia magnética resulta especialmente útil cuando existe una pregunta clínica concreta que responder y cuando su resultado puede cambiar realmente la forma de actuar.
¿Por qué no se recomienda hacer una resonancia magnética ante cualquier dolor de espalda?
La mayoría de los episodios de dolor lumbar se clasifican como lumbalgia inespecífica.
El término puede resultar extraño. No significa que los profesionales sanitarios no sepan qué ocurre o que el dolor sea inexplicable. Significa que, tras una valoración adecuada, no puede identificarse una única estructura —un disco, una articulación, un músculo— como responsable del dolor con suficiente certeza. Y esto es extremadamente frecuente.
El dolor lumbar es una experiencia compleja. Los tejidos y las estructuras de la espalda pueden participar en ella, pero no son el único elemento que determina cuánto duele, durante cuánto tiempo o cómo afecta el dolor a nuestras actividades.
Por eso, en una lumbalgia reciente sin señales de alarma, realizar una resonancia de forma rutinaria generalmente no mejora el dolor, la función ni la recuperación. La valoración clínica suele aportar información mucho más útil en esta primera fase.
¿Qué puede saber un profesional sin hacer una resonancia?
Mucho más de lo que a veces pensamos.
Durante la entrevista y la exploración clínica se puede valorar cómo comenzó el dolor, qué movimientos o actividades lo modifican, si existen síntomas en una pierna, si hay alteraciones de fuerza o sensibilidad y cómo está afectando el problema al sueño, al trabajo o a las actividades cotidianas.
Cuando es necesario, también puede realizarse una exploración neurológica para valorar la fuerza, la sensibilidad y determinados reflejos.
Pero uno de los objetivos más importantes de esta primera evaluación es identificar si existen elementos que hagan sospechar una causa menos frecuente que requiera una valoración médica o pruebas complementarias.
Cuando la historia clínica y la exploración son tranquilizadoras, normalmente se puede comenzar el tratamiento sin necesidad de obtener previamente una imagen de la columna.
No hacer una resonancia no significa “no hacer nada”
Este punto es especialmente importante.
A veces, cuando un médico o un profesional sanitario considera que una resonancia no está indicada, el paciente puede tener la sensación de que su problema no se está investigando suficientemente.
Pero decidir no realizar una prueba también puede ser una decisión clínica fundamentada.
Si la valoración no muestra señales preocupantes y una resonancia no va a modificar el tratamiento, evitar una prueba innecesaria puede ser precisamente la opción más adecuada.
En estas situaciones, la recuperación suele centrarse en mantener o recuperar progresivamente las actividades, adaptar temporalmente aquello que resulta demasiado doloroso y utilizar ejercicio y movimiento de forma gradual.
En algunos momentos puede ser útil recurrir al reposo relativo: reducir durante un tiempo las actividades que agravan claramente los síntomas, pero evitando, siempre que sea posible, la inmovilización y el reposo absoluto prolongado. El objetivo no es obligarse a moverse a pesar de cualquier dolor, sino encontrar una cantidad de actividad tolerable y aumentarla progresivamente a medida que la situación mejora.
¿Cuándo está indicada una resonancia magnética lumbar?
La pregunta más importante no debería ser: “¿Podemos ver algo en la resonancia?” Porque probablemente veremos algo.
La pregunta realmente útil es: “¿El resultado de esta resonancia va a cambiar lo que hacemos después?”
Una resonancia puede estar indicada cuando existen síntomas o signos que hacen sospechar una patología específica, ante determinados déficits neurológicos importantes o progresivos o cuando la evolución no es la esperada y el resultado de la prueba puede modificar el tratamiento.
También puede ser necesaria cuando, después de un periodo adecuado de tratamiento conservador, se está considerando una intervención más específica, como determinados procedimientos intervencionistas o una valoración quirúrgica.
En estos casos, la resonancia deja de ser simplemente una fotografía de la columna y pasa a responder a una pregunta clínica concreta.
🏃♀️ En la práctica
Una resonancia no es “buena” o “mala” en sí misma. Su utilidad depende del momento en que se realiza, de los síntomas del paciente y, sobre todo, de si la información obtenida puede modificar la toma de decisiones.
¿Y si tengo ciática? ¿Necesito una resonancia?
No necesariamente.
El dolor que baja hacia el glúteo o la pierna puede ser intenso y preocupante. En algunos casos puede estar relacionado con la irritación o compresión de una raíz nerviosa, por ejemplo debido a una hernia discal.
Pero tener una ciática no significa automáticamente necesitar una resonancia magnética de forma inmediata.
Cuando no existen señales de alarma ni una pérdida importante o progresiva de fuerza, las recomendaciones clínicas suelen favorecer inicialmente un tratamiento conservador y observar la evolución.
Muchas personas mejoran progresivamente durante las semanas siguientes. Además, la evolución de los síntomas proporciona información clínica importante.
Si el dolor persiste, la evolución no es favorable, aparecen nuevos síntomas neurológicos o se empieza a considerar una intervención específica, puede ser el momento de reevaluar la necesidad de realizar una resonancia.
🏃♀️ En la práctica
La indicación de una resonancia puede cambiar con el tiempo. Que una RM no sea necesaria hoy no significa que nunca vaya a serlo.
¿Cuáles son las señales de alarma ante un dolor de espalda?
Aunque la gran mayoría de los dolores lumbares no están relacionados con una enfermedad grave, existen determinadas situaciones en las que es importante realizar una valoración médica rápida. Estas señales suelen conocerse como “banderas rojas” (red flags).
Uno de los cuadros que requiere especial atención es la aparición de nuevos problemas para controlar la vejiga o el intestino, dificultad para orinar, pérdida de sensibilidad alrededor de los genitales, el periné o la cara interna de los muslos —lo que se denomina a veces anestesia en silla de montar—, especialmente si se acompaña de debilidad en las piernas. Estos síntomas pueden hacer sospechar una compresión importante de las estructuras nerviosas conocida como síndrome de la cola de caballo, que necesita una valoración médica urgente.
También debe consultarse rápidamente si aparece una pérdida importante de fuerza o una debilidad que progresa, por ejemplo si cada vez resulta más difícil levantar el pie o caminar con normalidad.
Otros contextos pueden requerir una valoración específica: fiebre o escalofríos acompañados de un deterioro importante del estado general, determinados factores de riesgo de infección, un traumatismo significativo o una posible fractura, especialmente en personas con osteoporosis o mayor fragilidad ósea.
Un antecedente de cáncer asociado a un dolor de espalda nuevo, persistente o de evolución inhabitual también debe comunicarse al profesional sanitario.
Tener una “bandera roja” no significa automáticamente tener una enfermedad grave. Este matiz es fundamental. Las banderas rojas no son diagnósticos.
Algunas son relativamente frecuentes y, consideradas de manera aislada, pueden tener poca capacidad para predecir una enfermedad grave. Por este motivo, una buena evaluación no consiste simplemente en comprobar una lista de síntomas. El profesional debe valorar el conjunto: antecedentes, edad, características del dolor, evolución, presencia simultánea de varios signos y resultados de la exploración clínica. Es precisamente este razonamiento el que permite decidir cuándo una resonancia es innecesaria y cuándo, por el contrario, puede convertirse en una prueba importante o incluso urgente.
¿Por qué una resonancia no siempre explica el origen del dolor?
¿Por qué aparecen anomalías en personas sin dolor?
Este es probablemente uno de los aspectos más importantes —y sorprendentes— para comprender correctamente una resonancia de la columna.
La resonancia magnética es una prueba extremadamente sensible. Permite observar con mucho detalle los discos intervertebrales, las articulaciones, el canal vertebral, las raíces nerviosas y otras estructuras de la espalda. Y precisamente porque permite ver tanto, es muy frecuente encontrar cambios anatómicos.
El problema aparece cuando interpretamos automáticamente esos cambios como lesiones o como la causa del dolor.
Nuestro cuerpo cambia con el paso de los años. La columna vertebral también. Los discos pueden perder parte de su contenido de agua, cambiar de forma o presentar pequeñas protrusiones. Las articulaciones pueden mostrar signos de artrosis y otras estructuras pueden experimentar modificaciones progresivas.
Muchos de estos cambios forman parte del proceso normal de envejecimiento y adaptación del organismo.
Por eso, una imagen que parece “anormal” en un informe radiológico puede encontrarse también en una persona que no tiene ningún dolor de espalda.
💡 ¿Sabías que…?
Una revisión sistemática que analizó estudios de resonancia y tomografía en 3.110 personas sin dolor de espalda encontró cambios degenerativos con mucha frecuencia.
La degeneración discal estaba presente aproximadamente en el 37 % de las personas de 20 años, y su frecuencia aumentaba progresivamente hasta alrededor del 96 % a los 80 años.
Los abombamientos discales (disc bulges) también eran frecuentes: aproximadamente un 30 % a los 20 años y más del 80 % a los 80 años.
Incluso las protrusiones discales podían observarse en personas jóvenes sin ningún síntoma.
Estos datos no significan que los hallazgos de una resonancia nunca sean importantes. Significan que su presencia, por sí sola, no demuestra que sean la causa del dolor.
Una forma sencilla de entenderlo es pensar en las arrugas de la piel o las canas.
Son cambios visibles asociados al paso del tiempo, pero no los interpretamos automáticamente como una enfermedad.
La comparación no es perfecta, pero ayuda a comprender una idea fundamental: cambio estructural no significa necesariamente daño, fragilidad o dolor.
Mi resonancia dice “discopatía”, “protrusión” o “artrosis”: ¿debo preocuparme?
No necesariamente.
Los informes radiológicos utilizan términos médicos para describir lo que aparece en las imágenes. Palabras como discopatía degenerativa, deshidratación discal, protrusión, abombamiento discal, artrosis facetaria o cambios degenerativos pueden resultar alarmantes cuando se leen sin contexto.
Pero estos términos describen principalmente características anatómicas.
No indican automáticamente cuánto dolor debería tener una persona, cuánto puede moverse o cuál será su evolución.
Por ejemplo, una discopatía describe cambios en un disco intervertebral. Una protrusión indica que parte del disco sobresale más allá de sus límites habituales. Y la artrosis describe determinados cambios de una articulación.
Todos estos hallazgos pueden participar en los síntomas de algunas personas. Pero también pueden estar presentes sin producir ningún síntoma.
Por eso, el informe de una resonancia no debería interpretarse de manera aislada.
🏃♀️ En la práctica
Un informe de resonancia debe interpretarse, no simplemente leerse.
Su significado depende de si los hallazgos son coherentes con la localización de los síntomas, la exploración clínica, la función neurológica y la evolución del paciente.
“Tengo una hernia discal en la resonancia: entonces esa es la causa de mi dolor”
Puede serlo. Pero no siempre.
Una hernia discal puede irritar o comprimir una raíz nerviosa y producir síntomas característicos, como dolor irradiado hacia una pierna, alteraciones de sensibilidad y, en determinadas situaciones, pérdida de fuerza. Cuando la localización de la hernia coincide con los síntomas y con los resultados de la exploración neurológica, la resonancia puede aportar información muy útil.
Esto es lo que denominamos correlación clínico-radiológica.
Pero también podemos encontrar hernias o protrusiones en personas que no tienen dolor.
Por tanto, no basta con preguntar: “¿Hay una hernia?”
También debemos preguntarnos: “¿Esta hernia explica realmente lo que está experimentando esta persona?”
Esta diferencia puede parecer pequeña, pero cambia profundamente la forma de interpretar una resonancia.
¿Una hernia discal significa que el disco está dañado para siempre?
No. Esta es otra idea muy extendida que puede generar una preocupación innecesaria.
Una hernia discal no es necesariamente una estructura que permanecerá igual durante toda la vida. El organismo tiene capacidad para adaptarse y modificar los tejidos con el tiempo.
De hecho, numerosos estudios han documentado la regresión o reabsorción espontánea de hernias discales durante el tratamiento conservador.
Esto puede resultar sorprendente: algunas hernias visibles en una primera resonancia disminuyen considerablemente de tamaño o incluso dejan de observarse en imágenes posteriores.
La probabilidad de reabsorción parece ser especialmente importante en determinadas hernias extruidas o secuestradas.
Esto no significa que todas las hernias desaparezcan ni que su evolución sea idéntica en todas las personas.
Pero sí cambia una idea importante: una hernia discal no debería interpretarse automáticamente como un daño irreversible de la columna.
Y existe otro punto todavía más importante.
La evolución de la imagen y la evolución del dolor no siempre van exactamente de la mano.
Una persona puede mejorar considerablemente aunque ciertos cambios sigan apareciendo en la resonancia. Del mismo modo, una modificación de la imagen no siempre implica una modificación proporcional de los síntomas.
Nuestro objetivo clínico, por tanto, no es necesariamente conseguir una resonancia “perfecta”, sino ayudar a la persona a recuperar función, movimiento, confianza y calidad de vida.
Imagen no es igual a dolor
Esta idea resume gran parte del problema.
Durante muchos años, el dolor musculoesquelético se explicó principalmente mediante un modelo estructural:
hay algo dañado → ese daño produce dolor → hay que corregirlo para eliminar el dolor.
En algunas situaciones este modelo funciona muy bien. Una fractura, una infección o determinadas compresiones neurológicas tienen una relación estructural clara.
Pero para muchas personas con dolor lumbar, la realidad es más compleja.
La relación entre determinados hallazgos de resonancia y el dolor existe, pero no es absoluta.
Podemos encontrar personas con cambios estructurales importantes y muy pocos síntomas, y otras con mucho dolor sin grandes alteraciones visibles en las pruebas de imagen.
Esto no significa que el dolor sea imaginario.
Significa que el dolor no puede reducirse únicamente a lo que vemos en una imagen.
¿Puede una resonancia hecha demasiado pronto complicar las cosas?
En determinadas circunstancias, sí.
No porque la resonancia sea peligrosa en sí misma —a diferencia de una radiografía o un TAC, una RM no utiliza radiación ionizante—, sino por las consecuencias que puede tener encontrar hallazgos que quizá no sean clínicamente relevantes.
Imaginemos que una persona desarrolla un episodio de dolor lumbar reciente sin señales de alarma.
Se realiza una resonancia y el informe describe una “discopatía degenerativa multisegmentaria”, una “protrusión discal” y “cambios artrósicos”.
Aunque esos cambios pudieran existir desde años antes de que comenzara el dolor, la persona puede interpretar el resultado como:
“Mi espalda está dañada.”
A partir de ahí puede aparecer miedo a agacharse, levantar peso, hacer deporte o incluso realizar determinados movimientos cotidianos.
En algunos casos, los hallazgos también pueden conducir a más pruebas, más consultas o intervenciones que quizá no habrían sido necesarias.
Este fenómeno forma parte de lo que conocemos como sobrediagnóstico y atención sanitaria de bajo valor.
¿Cuáles son los riesgos de hacer una resonancia demasiado pronto?
En determinadas circunstancias, sí.
No porque la resonancia sea peligrosa en sí misma —a diferencia de una radiografía o un TAC, una RM no utiliza radiación ionizante—, sino por las consecuencias que puede tener encontrar hallazgos que quizá no sean clínicamente relevantes.
Imaginemos que una persona desarrolla un episodio de dolor lumbar reciente sin señales de alarma.
Se realiza una resonancia y el informe describe una “discopatía degenerativa multisegmentaria”, una “protrusión discal” y “cambios artrósicos”.
Aunque esos cambios pudieran existir desde años antes de que comenzara el dolor, la persona puede interpretar el resultado como: “Mi espalda está dañada.”
A partir de ahí puede aparecer miedo a agacharse, levantar peso, hacer deporte o incluso realizar determinados movimientos cotidianos.
En algunos casos, los hallazgos también pueden conducir a más pruebas, más consultas o intervenciones que quizá no habrían sido necesarias.
Este fenómeno forma parte de lo que conocemos como sobrediagnóstico y atención sanitaria de bajo valor.
💡 Idea preconcebida
“Cuantas más pruebas me hagan, mejor sabremos qué tengo.”
No siempre. Una prueba es realmente útil cuando responde a una pregunta clínica y ayuda a tomar una mejor decisión.
Obtener más información no siempre significa obtener información más útil.
¿Significa esto que las resonancias son malas?
En absoluto. El objetivo no es pasar de hacer demasiadas resonancias a desconfiar de ellas.
La resonancia magnética es una herramienta diagnóstica extraordinaria y puede ser fundamental en determinadas situaciones.
El problema no es la resonancia.
El problema aparece cuando una imagen se interpreta fuera de su contexto clínico o cuando se realiza una prueba sin que exista una pregunta que pueda cambiar la conducta terapéutica.
Cuando está correctamente indicada, una RM puede ayudar a identificar determinadas patologías, valorar estructuras neurológicas, planificar procedimientos o completar una evaluación clínica.
La clave está en utilizarla en el paciente adecuado y en el momento adecuado.
Comprender el dolor de espalda más allá de la resonancia: el modelo biopsicosocial
Si una resonancia no explica por sí sola el dolor, entonces surge una pregunta lógica: ¿de dónde viene el dolor?
La respuesta actual de la ciencia es más compleja que señalar una única estructura.
El dolor es una experiencia real generada por el sistema nervioso a partir de múltiples informaciones.
Los tejidos importan, por supuesto.
Una irritación nerviosa, una lesión reciente, la capacidad física, determinados movimientos, la inflamación o la sensibilidad de ciertas estructuras pueden contribuir a la experiencia dolorosa.
Pero también influyen otros elementos.
El sueño, el estrés, las experiencias previas de dolor, las preocupaciones, el miedo al movimiento, el estado emocional, la actividad física, las exigencias laborales y el contexto social pueden modificar cómo experimentamos el dolor y cómo nos recuperamos.
Es lo que conocemos como modelo biopsicosocial del dolor.
Podemos agrupar estos factores en tres grandes dimensiones:
- Biológica: tejidos, músculos, articulaciones, discos, sistema nervioso, condición física, sueño y estado general de salud.
- Psicológica: preocupación, estrés, miedo al movimiento, expectativas, experiencias anteriores y estrategias para afrontar el dolor.
- Social: trabajo, familia, entorno, actividad cotidiana, apoyo social y circunstancias personales.
Estas dimensiones no funcionan de forma independiente. Interactúan constantemente.
Y esto no significa que haya que buscar factores psicológicos detrás de cada dolor.
Significa que somos personas, no resonancias.
💡 Idea preconcebida
“Si el estrés influye en mi dolor, significa que el dolor está en mi cabeza.”
No. El dolor es una experiencia real.
Que el estrés, el sueño, las emociones o el contexto puedan modificarlo no hace que sea menos real. De la misma manera, el estrés puede modificar la frecuencia cardíaca, la digestión o la tensión muscular sin que ninguno de estos fenómenos sea imaginario.
Comprender esta dimensión biopsicosocial permite ampliar las posibilidades de tratamiento.
En lugar de intentar encontrar una única estructura que haya que “reparar”, podemos identificar qué factores son modificables en esa persona concreta.
Y eso nos lleva a una pregunta mucho más útil que “¿qué aparece en mi resonancia?”:
¿Qué puedo hacer para recuperar progresivamente mis actividades y volver a confiar en mi espalda?
¿Qué hacer cuando una resonancia no está indicada?
No necesitar una resonancia no significa que haya que esperar pasivamente a que el dolor desaparezca.
En la mayoría de las lumbalgias sin señales de alarma, uno de los principales objetivos es mantener o recuperar progresivamente el movimiento y las actividades cotidianas.
Esto no significa ignorar el dolor ni forzar movimientos que resultan claramente intolerables.
Durante los primeros días puede ser útil adaptar temporalmente determinadas actividades. Es lo que conocemos como reposo relativo: reducir aquello que agrava significativamente los síntomas, pero mantener dentro de lo posible las actividades y movimientos que se toleran bien.
Caminar, cambiar de posición regularmente y continuar con algunas actividades cotidianas puede ser preferible a permanecer inmóvil durante largos periodos.
A medida que los síntomas lo permiten, el objetivo es aumentar progresivamente la actividad.
En algunas personas bastarán unas explicaciones claras y mantenerse activas. En otras puede ser útil un programa de ejercicios individualizado, fisioterapia u otras estrategias adaptadas a los factores que están influyendo en el dolor.
Cuando el dolor persiste, también puede ser importante explorar elementos como el sueño, el estrés, el miedo al movimiento, las exigencias profesionales o la pérdida de condición física.
No existe una única receta válida para todas las personas.
¿Tengo que esperar a que desaparezca completamente el dolor para volver a moverme?
Generalmente, no.
Una de las ideas que más puede limitar la recuperación es pensar que dolor significa necesariamente daño y que cualquier movimiento doloroso está lesionando todavía más la espalda.
En determinadas lesiones agudas sí puede ser necesario proteger temporalmente una estructura. Pero en muchas lumbalgias, especialmente cuando se han descartado señales de alarma, una cierta molestia durante la recuperación no significa necesariamente que se esté produciendo un daño.
Por eso, la vuelta a las actividades puede hacerse de forma progresiva, adaptando temporalmente la intensidad, la duración o la frecuencia.
El objetivo no es elegir entre dos extremos —reposo absoluto o ignorar completamente el dolor—, sino encontrar una carga que el cuerpo pueda tolerar y hacerla evolucionar.
🏃♀️ En la práctica
La pregunta no siempre es: “¿Puedo hacer este movimiento sin sentir absolutamente nada?”
A veces resulta más útil preguntarse: “¿Puedo hacer este movimiento de forma tolerable y recuperarme adecuadamente después?”
¿Qué papel tienen los ejercicios y la fisioterapia?
El ejercicio puede desempeñar un papel importante, especialmente cuando el dolor persiste o limita las actividades.
Pero tampoco existe un “ejercicio perfecto” para el dolor de espalda.
Caminar, ejercicios de fuerza, movilidad, actividad aeróbica o programas que combinan diferentes modalidades pueden ser útiles dependiendo de la persona.
Lo importante es encontrar una actividad que pueda realizarse de manera suficientemente regular y progresar en función de la respuesta individual.
En este contexto, la fisioterapia no debería limitarse únicamente a intentar “corregir” una estructura.
Puede ayudar a recuperar movilidad, fuerza y tolerancia a determinadas actividades, pero también a comprender mejor los síntomas y construir una progresión hacia objetivos concretos: volver a correr, cargar a un hijo, trabajar sin miedo, entrenar en el gimnasio o simplemente realizar las actividades cotidianas con mayor confianza.
¿Y la terapia manual?
La terapia manual puede formar parte de la estrategia en determinados pacientes, especialmente cuando ayuda a reducir temporalmente los síntomas o facilita el movimiento.
Pero no debería transmitir la idea de que la columna necesita ser “colocada” continuamente o que el cuerpo depende de un profesional para funcionar correctamente.
Su papel puede ser el de facilitar una recuperación activa, no sustituirla.
En muchos casos, combinar educación, movimiento progresivo, ejercicio y determinadas intervenciones manuales puede resultar más coherente que utilizar una única técnica de forma aislada.
¿Cómo abordamos el dolor de espalda en Aliantis?
En Aliantis intentamos no reducir el problema a una única pregunta: “¿Qué estructura está dañada?”
Preferimos ampliar la evaluación: “¿Qué puede estar contribuyendo a este dolor y qué necesita esta persona para recuperar sus actividades?”
La primera etapa consiste en escuchar la historia del problema y realizar una exploración clínica adaptada. Valoramos el movimiento, la fuerza y la función y, cuando los síntomas lo requieren, realizamos una evaluación neurológica. También tenemos en cuenta cómo el dolor afecta al sueño, al trabajo, al deporte y a las actividades cotidianas.
Y una parte fundamental de la valoración consiste en determinar si existen elementos que hagan recomendable una evaluación médica o pruebas complementarias.
Cuando la situación es tranquilizadora, el objetivo es construir una estrategia progresiva.
Puede incluir educación sobre el dolor, recomendaciones para mantenerse activo, ejercicios, fisioterapia y, cuando está indicada, terapia manual.
En situaciones más complejas o persistentes, nuestro enfoque multidisciplinar permite también considerar otros factores que pueden estar influyendo en la recuperación.
El objetivo final no es que una persona necesite tratamiento indefinidamente.
Es proporcionarle herramientas para comprender mejor sus síntomas, recuperar progresivamente sus capacidades y ganar autonomía en el manejo de su salud.
Entonces, ¿realmente necesito una resonancia si me duele la espalda?
En la mayoría de los episodios recientes de dolor lumbar sin señales de alarma, no de forma inmediata.
Una resonancia magnética puede ser una herramienta extremadamente útil cuando existe una sospecha clínica concreta, aparecen determinados déficits neurológicos o su resultado puede cambiar una decisión terapéutica.
Pero una resonancia también puede mostrar protrusiones, discopatías, artrosis y otros cambios en personas que no sienten ningún dolor.
Por eso, una imagen nunca debería interpretarse de manera aislada.
Una resonancia muestra anatomía. No muestra directamente cuánto duele una persona, qué movimientos puede realizar ni cómo va a evolucionar.
La evaluación clínica permite integrar todas esas piezas.
Y muchas veces, cuando no existen señales de alarma, el mejor punto de partida no consiste en buscar inmediatamente una estructura “dañada”, sino en comprender el problema, mantener un nivel de actividad tolerable y recuperar progresivamente movimiento, fuerza y confianza.
La mejor resonancia no es la que se hace “por si acaso”.
Es la que se realiza en el momento adecuado, para responder a una pregunta clínica concreta y cuando su resultado puede ayudarnos a tomar una mejor decisión.
Conclusión
Tener dolor de espalda no significa necesariamente tener una lesión grave, y encontrar una alteración en una resonancia tampoco significa haber identificado automáticamente la causa del dolor.
La medicina actual intenta alejarse de dos extremos: hacer pruebas de imagen sistemáticamente o considerar que nunca son necesarias.
La clave está en utilizarlas cuando pueden aportar información realmente útil.
En ausencia de señales de alarma, una buena evaluación clínica, información comprensible, reposo relativo cuando sea necesario y una vuelta progresiva al movimiento y a las actividades suelen constituir un excelente punto de partida.
Y si durante la evolución aparecen elementos que justifican una investigación adicional, la resonancia estará entonces cumpliendo su verdadera función: ayudarnos a tomar una mejor decisión clínica.
La resonancia nos ayuda a comprender la columna. La exploración clínica, la ciencia y el diálogo nos ayudan a comprender a la persona. Y es ahí donde comienza un tratamiento verdaderamente personalizado.
FAQ sobre resonancia magnética y dolor de espalda
¿Cuándo hay que hacer una resonancia por dolor lumbar?
No suele ser necesario realizar una resonancia de forma inmediata ante una lumbalgia reciente sin señales de alarma.
Puede estar indicada cuando existe sospecha de una patología específica, ante determinados déficits neurológicos importantes o progresivos, o cuando los síntomas persisten y el resultado de la prueba puede modificar el tratamiento.
La decisión debe basarse en la historia clínica, la exploración y la evolución, no únicamente en la intensidad del dolor.
¿Hay que hacer una resonancia si tengo ciática?
No siempre.
Una ciática puede mejorar con tratamiento conservador sin necesidad de realizar una resonancia inmediatamente.
La RM cobra mayor importancia cuando existe una pérdida de fuerza significativa o progresiva, aparecen señales de alarma, la evolución no es favorable o se está considerando una intervención específica.
¿Qué puede mostrar una resonancia lumbar?
Una resonancia permite observar con gran detalle los discos intervertebrales, las raíces nerviosas, el canal vertebral, las articulaciones y otras estructuras.
Puede mostrar hernias o protrusiones discales, cambios degenerativos, estenosis y otras alteraciones.
Sin embargo, muchos de estos hallazgos también aparecen en personas sin dolor. Por eso deben interpretarse siempre en relación con los síntomas y la exploración clínica.
¿Una protrusión o una hernia discal en la resonancia es grave?
No necesariamente.
Su importancia depende de la localización, el tipo de hernia y, sobre todo, de su relación con los síntomas y la exploración neurológica.
Una hernia puede ser clínicamente relevante en una persona y un hallazgo incidental en otra.
Tener una hernia discal tampoco significa automáticamente tener una columna frágil o dañada de forma irreversible.
¿Puede desaparecer una hernia discal?
Sí. Las hernias discales pueden disminuir de tamaño o reabsorberse espontáneamente con el tiempo.
La literatura científica muestra que este fenómeno es relativamente frecuente y parece producirse especialmente en las hernias extruidas y secuestradas.
Esto no significa que todas las hernias desaparezcan ni que todas deban tratarse de la misma manera. La evolución clínica continúa siendo el elemento más importante para tomar decisiones.
¿Es mejor una radiografía o una resonancia para el dolor de espalda?
Depende de qué se esté buscando.
Una radiografía permite valorar principalmente las estructuras óseas y puede ser útil en determinados contextos, por ejemplo cuando existe sospecha de fractura.
La resonancia ofrece mucha más información sobre discos, nervios y tejidos blandos.
Pero para una lumbalgia inespecífica sin señales de alarma, la pregunta más importante no suele ser qué prueba elegir, sino si realmente es necesario realizar alguna prueba de imagen.
Este artículo de blog no tiene como objetivo generar nuevos conocimientos; su redacción se basa en la lectura de publicaciones científicas, artículos de blog y otros textos.
Fuentes:
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Shraim BA, Shraim MA, Ibrahim AR, et al. The association between early MRI and length of disability in acute lower back pain: a systematic review and narrative synthesis. BMC Musculoskelet Disord. 2021;22:983.
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